colabora con nosotros

El origen del compromiso mutuo

| 28 septiembre, 2012 | 0 Comentarios
 “Le pregunté al Dalai Lama cuál es la clave para la Paz. Me dijo, ‘Piensa Nosotros, no Yo’”.
Kenro Izu, Fundador de Amigos sin Fronteras
Como ya hemos visto, el nuevo mundo requiere que revolucionemos nuestras relaciones, no por medio de la fuerza, sino dentro de nuestros corazones. Esto debe suceder dentro de todos y cada uno de nosotros.  El propósito de esta revolución en nuestra percepción es expandir nuestra consciencia y pasar del  “yo” al “nosotros”, para salir de nuestros estrechos cubos hacia una gran esfera en común.
No cabe duda que estamos viviendo una época  muy especial. El compromiso mutuo entre nosotros se presenta como la ley de la vida en nuestro mundo conectado. Es necesario que nos demos cuenta que no sólo los seres humanos están conectados, sino que nosotros y toda la naturaleza formamos una sola unidad.
Pero ahora tomemos un pequeño descanso del ajetreo y el bullicio de la vida en la era postmoderna, agobiada por la imposición del derecho propio y veamos de dónde proviene el concepto de compromiso mutuo. En las profundidades  del corazón del vasto universo hay una galaxia espiral sin particularidad alguna que la distinga. En uno de sus brazos se ubica una estrella promedio con planetas y asteroides que giran a su alrededor, como existen muchas otras estrellas en el cosmos.
Pero en el tercer planeta del sistema planetario se desenvuelve un fenómeno que no tiene paralelo en los otros planetas, quizá en ninguno, excepto en éste, aunque el universo es tan inmenso que difícilmente podríamos afirmarlo. Ese fenómeno se llama “vida”.
La vida es un acontecimiento particular pues es dinámico y cambia constantemente. Sin embargo, el cambio no se realiza al azar, sino más bien en una dirección muy clara—de lo simple a lo complejo, de la separación a la integración. Inmediatamente después del Big Bang,  “El universo estaba dominado por la radiación”, explica una publicación del Observatorio Haystack del Instituto Tecnológico de Massachusetts. “En seguida se combinaron los quarks para formar bariones (protones y neutrones). Cuando el universo tenía tres minutos de edad, se había enfriado lo suficiente para que estos protones y neutrones se combinaran en un núcleo”.
El proceso de crecimiento, integración y complejidad continuó, formando galaxias, estrellas y planetas. Al menos en uno de esos planetas, el proceso prosiguió más allá del nivel mineral al nivel orgánico, también conocido como “vida”. Esto fue posible cuando los materiales orgánicos se combinaron de tal forma que les otorgó una cualidad única—la reproducción.
A medida que continuaban fusionándose en sincronía en el curso de la evolución, se hicieron más sofisticados, aprendiendo tareas especializadas y beneficiando a toda la congregación de células (o moléculas dentro de una célula). Se apoyaban en el resto de los elementos del grupo para que estos les abastecieran sus necesidades al mismo tiempo que continuaban fusionándose para satisfacer las necesidades de los demás. Estos fueron los primeros ejemplos de garantía mutua de la naturaleza, y los principios que se aplicaron en esas colonias hace miles de millones continúan aplicándose hoy en día en todo organismo vivo.
Después de aproximadamente cuatro mil millones de años, hizo su aparición la raza humana sobre la tierra. Los humanos, a diferencia del resto de la naturaleza, sienten que son distintos, que están separados de los otros niveles de la naturaleza. Sienten que son superiores, que no forman parte de un sistema integrado, sino que se hallan por encima de él. El atributo que la humanidad ha introducido verdaderamente en el sistema de la naturaleza es el sentido del derecho propio.
Todos los animales, vegetales y minerales realizan sus funciones como les dicta la naturaleza, a través de los instintos y comportamientos adquiridos. Nosotros, por otro lado, tenemos la libertad de elegir trabajar en beneficio propio o en beneficio de los demás integrantes de en nuestra sociedad.
Si observamos la naturaleza, veremos que de hecho la elección de cuidarnos unos a otros, favoreciendo los intereses de la sociedad por encima de los propios, redunda en mayor ganancia para el individuo. Como lo explicamos antes en relación al cuerpo humano en el artículo anterior, ningún organismo podría existir si sus células funcionaran sólo para sí mismas. Del mismo modo, ningún ser humano podría existir si trabajara únicamente para él mismo. Imaginen a las siete mil millones de personas sobre el planeta cada uno cultivando la tierra, cavando pozos, bombeando agua, cazando para comer y vestirse, exclusivamente para su uso personal. ¿Qué le sucedería a nuestra sociedad? En verdad, ¿qué sería de  nosotros?
De modo que el interés personal nos hace trabajar en colaboración, pero dentro de nosotros hay algo que nos incita a actuar para nosotros mismos, pasando por alto nuestra  indiscutible interdependencia. Volviendo al ejemplo del cuerpo humano, la bióloga evolucionista Elisabet Sahtouris explicó con gran elocuencia el concepto de interdependencia entre elementos egocéntricos durante su presentación en la Conferencia de Tokio en noviembre de 2005: “En nuestro cuerpo, cada molécula, cada célula, cada órgano…  es egocéntrico. Cuando cada nivel… muestra su egocentrismo, fuerza las negociaciones entre los niveles. Este es el secreto de la naturaleza. A cada momento estas negociaciones que ocurren en nuestro cuerpo llevan a tu sistema a la armonía”.
Si pudiéramos advertir que la evolución prosigue hoy en día y que no se detuvo con la aparición del homo sapiens, nos daríamos cuenta que la dirección de lo simple a lo complejo, de la separación a la integración continúa siendo el rumbo que sigue la naturaleza. La única diferencia con los tiempos anteriores es que a la especie humana no se la obliga a integrarse, sino que debe elegir la integración por encima de la separación. Si esto sucede, se derivará  una vida de armonía, equilibrio y prosperidad.
Podemos deducir que el proceso a través del cual el mundo se ha convertido en una aldea global no es un incidente aislado, sino una prolongación natural de los casi 14 mil millones de años de evolución desde el Big Bang. La crisis que la humanidad está experimentando hoy en día no es el colapso de la civilización sino el surgimiento de una nueva etapa en la que la humanidad se convierte también en una sola entidad, consciente de su interconexión y trabajando en armonía con ella. Cuando alcancemos esa percepción, seremos como un solo organismo, dentro del cual cada órgano funciona en beneficio del todo, mientras que el resto del organismo satisface todas las necesidades del órgano.
“Un ser humano es parte del todo que llamamos ‘universo’. …Experimentamos nuestros pensamientos, sentimientos y a nosotros mismos como algo separado del resto, una especie de engaño óptico de la consciencia”.
Albert Einstein, en una carta fechada en 1950

Etiquetas: ,

Categoría: Educación Global, Evolución

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *