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Educación y Crianza Natural

| 28 Enero, 2015 | 0 Comentarios

Cuando una madre está embarazada es muy bueno hablarle al feto con palabras llenas de bondad, acerca de cosas positivas.

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 Más adelante, a los infantes, es mejor darles juguetes libres de violencia, suaves, de colores atractivos.  En esa edad, todo lo que el bebé ve, sus juguetes, su entorno, tiene un efecto duradero y vital.  A esa edad, (como en cualquier otra) es muy importante que le expresemos nuestro amor, con palabras de afecto, debemos mirarle a los ojos, compartiendo con él nuestro sentimientos, tanto como sea posible,  y desde luego abrazarlo, cantarle.  Los niños con el llanto nos piden que los ayudemos a calmarse y restaurar el sentimiento de seguridad que tanto necesitan.  Buscan ante todo la afirmación de la validez de su existencia, saber que ésta no se encuentra comprometida por ninguna circunstancia.  Ignorar su llanto, impacientarnos, nos hace perder la oportunidad de hacerles comprender una lección básica:  que su dignidad humana es intrínseca a su ser mismo, para que más adelante, cuando se enfrente a la vida, lo haga con la seguridad de que su identidad es sagrada e indispensable.

  ¿Cómo enseñar a un bebé las reglas de vida, las reglas de convivencia, enseñarle que existen peligros?  

Grandes preguntas difíciles de responder, pues existen muchas opiniones al respecto. ¿Cómo abordar el asunto del castigo? Algunas veces los padres no sabrán si deben castigar al niño o abrazarlo, pues si lo castigan cuando de hecho necesitaba un abrazo, habrán cometido una equivocación. Pero si lo abrazan, cuando deberían haberlo castigado, solo habrá derramado una dosis extra de amor en el mundo.

Supongamos, sin embargo, que el niño se acerca tanto a la estufa que la madre grita muy enojada, impidiendo así que el niño se queme.  ¿Es obvio que habrá que enseñarle seriamente que no debe acercarse a la estufa.  Una buena regla, sería esperar a calmarnos completamente, para después explicarle los peligros que corre ejerciendo determinadas acciones.

Lo importante es hacer lo posible para ganarse la confianza del niño.  Y en realidad como padres nos la debemos ganar, para que el niño tenga fe en nosotros.  Cómo crear la confianza y la fe, que podría interpretarse como amor, es una pregunta muy capciosa.  Y cada quien deberá reflexionar profundamente en este tema fundamental.

La regla de oro es que ya sea que nuestro hijo/a sea un bebé, un niño, un adolescente o un adulto, debemos tratarlo con la dignidad que nos merece su edad y su persona.  Podemos establecer las reglas formativas del pequeño y aunque las apliquemos con  firmeza, nunca deberá ser con dureza o injusticia.  La formación del ser humano debe ser integral.  

Los padres siempre se preguntan cómo educar a sus hijos para que se comporten bien.  Pueden leer libros y consultar especialistas.  Los padres tendrán que escuchar y desechar, según sus costumbres y forma de pensar, sin embargo, existe una regla que es obvia, complicada y difícil de seguir:  los padres se deben comportar como quieren que sus hijos se comporten.  Los niños aprenden de los ejemplos, y naturalmente harán lo que los padres hacen y adquirirán sus hábitos.  El resto consiste en llevarlos de la mano paso a paso, diariamente, conversar con ellos, interesarnos, apoyarlos incondicionalmente para que comprendan que su persona es lo más importante para sus padres.

De alguna forma, una familia es como un organismo, partes de un todo y los hijos nunca dejan a los padres. Es una situación de reciprocidad:  si los padres fortalecen sus valores, los hijos harán otro tanto y si los hijos siguen caminos de valor, los padres se sentirán plenos.  Están interconectados y en ello radica su fuerza.  

Para que nuestros hijos vivan en una sociedad armónica debemos considerar que existen una serie de valores inmutables que debemos inculcarles. Son estos valores que van más allá de la mente subjetiva del hombre que los llevarán a convivir sanamente con todas las personas que los rodeen.

 Para educar a nuestros hijos dentro de una familia estable es necesario reflexionar en que todas las filosofías han  quedado rebasadas en nuestra época.  Ni el intelecto, ni el humanismo señalan el camino verdadero del ser humano.  Él solo debe descubrir que tiene que subir al siguiente escalón de su evolución, la consciencia de que todos estamos interconectados, y eso significa que nos debemos responsabilidad mutua.  

Los salones de clase se han convertido en aulas para acumular conocimientos y han olvidado que el rol del maestro es formar a los estudiantes para que sean ciudadanos del mundo, responsables del papel que les tocará desempeñar, con empatía y cuidado por todos sus semejantes. 

Debemos estar alerta para formar a nuestros hijos y prepararlos para que ellos sean la semilla de una humanidad más compasiva, más equilibrada que pueda traer para todos el advenimiento de una era de paz para todos.  

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Categoría: Aprender Jugando, Artículos, Educación Global, Familia y vida

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